sábado, 30 de agosto de 2008

Acerca de la Guardia Vieja


Alguien preguntó: “Don Alvo: ¿cuándo empieza la Guardia Vieja?” Respuesta complicada, ya que la Guardia Vieja representa una etapa del tango que concluye, por ello es difícil decir a ciencia cierta cuando “empieza”. Sin ser historiador, y calculando “a ojo de buen cubero”, la Guardia Vieja tendrá unos 40 años de vida que van desde 1880 a 1920 aproximadamente, y solo por poner fechas. De allí salieron unos tanguitos lindos, aunque no sé si para escuchar todos los días. Un guardiaviejista diría “Así se toca el tango, y así se lo baila”, ya que representa la época en que este fue penetrando en la gente, en la sociedad. Como la música no es inmutable, el tango va cambiando su punto de vista, las letras que describen la cruda realidad a la vez van dibujando un nuevo diseño de sociedad.
Recordemos algunos cultores de este período juvenil del tango: Angel Villoldo, (“El choclo”, “El porteñito”), Genaro Esposito (“La pastora”, “Una percanta”), Eduardo Arolas (“El marne”, “Derecho viejo”), Ernesto Ponzio (“Caradura”, “Don Juan”), Agustín Bardi (“Gallo ciego”, “Nunca tuvo novio”), Vicente Greco (“Ojos negros”, “La paica”), sin querer ser exhaustivo, y así excusarme de injustos olvidos. Digamos que había distintas calidades de pianistas, guitarristas y pequeños grupos musicales. Los de la Guardia Vieja eran tangos sin letras, o con versos improvisados, tocados en peringundines, y demás yerbas, aunque también sonaban en otros lugares menos fuleros. ¿Quién no escuchó hablar de “lo de Hansen” o “María la Vasca”? Además había otras minas distintas que no eran para llevarlas al mueble, sino para bailar. Por eso podían ser bagayos, pero buenas bailarinas.

Mi noche triste, con letra de Pascual Contursi, sobre la música de “Lita” (Samuel Castriota, 1915) es considerado el primer tango-canción. Este género comienza a modernizarse con las primeras letras de calidad. Por eso se canta, se recuerda, sin saber casi de música. Los de la Guardia vieja eran temas concebidos intuitivamente, de “oreja”, repetidos de memoria, ya que muchos de sus ejecutantes no sabían nada de solfeo y menos leer y escribir en un pentagrama. Quienes tendrán el honor de oficiar de “puente” entre ambas etapas serán Francisco Canaro
y Roberto Firpo. Carlos Gardel vivió hasta el ‘36 y empezó a cantar tangos en el ‘15, es decir justo cuando aparece la letra. Él estuvo más allá de cualquier “guardia”, por eso lo de “cada día canta mejor”, reflexión popular post-mortem que habla del gusto por los mitos que tenemos los argentinos. O por lo menos, yo lo veo así.
Conclusión abrupta y sincera: hablar de la Guardia Vieja es hablar de evolución en el tango, de cambio. Interesa por su ubicación en los orígenes de este género musical, parte tangible de aquel momento mítico. Representa lo nuevo que se hizo viejo en su inexorable avance. Por todo ello, ¡viva el tango, viva la vida!

miércoles, 30 de julio de 2008

El humor en el tango


I. En 1911, Ricardo Güiraldes escribe en París: “Tango severo y triste. Tango de amenaza. […] Tango fatal, soberbio y bruto”. Un poco por sus orígenes, un poco por sorda repetición, nos fuimos haciendo la idea de que el tango es tristeza, melancolía, dolor, frustración. ¿Y la risa? “Estará en la milonga, quizás, o el candombe”, apuntará algún otario. Pero lo cierto es que en ese ámbito sórdido y fulero del tango pretérito, también hubo lugar para notas alegres sobre un fondo constante de tristeza. Los versos a veces son “una alegría que ruge y se dilata en carcajadas que huelen a alcohol”, como afirma Last Reason (seudónimo de Máximo Teodoro Sáenz, periodista uruguayo). Ecos de burla, de “cachada” cruel. Otras veces los poetas del tango usan el lenguaje llevado al límite, en clave de fina ironía o festiva travesura, describiendo mordazmente su realidad. Estamos hablamos, por supuesto, del humor.

Entiendo al humor como el hallazgo de algo diferente en aquello que ya no percibíamos por su cotidianeidad. El otro lado de las cosas. La prehistoria del tango está llena de versos picarescos, muchos de ellos burdos y sin calidad. Pero las letras de humor marrullero florecieron allá por los años 30. Los invito a explorar algunas estrofas notorias, usando el diccionario de lunfardo para aquellos que pierdan el hilo de la argumentación.

II. Para comenzar, tomemos “Haragán” (Tango, 1928), de Enrique Delfino y Manuel Romero. En su letra amalgama sátira y humor, cuando describe a una mujer “tirándole la bronca” a su pareja, que no quiere “laburar”:

¡Salí de tu letargo!
¡Ganate tu pan!
Si no, yo te largo...
¡Sos muy haragán!

Haragán,
si encontrás al inventor
del laburo, lo fajás...

[…]

Si en tren de cara rota
pensás continuar,
"Primero de Mayo"
te van a llamar.

Recordamos al lector extranjero o no avisado, que el 1º de mayo se festeja en Argentina el día del trabajador y es –por supuesto- feriado.

III. Otro ejemplo es “Al mundo le falta un tornillo” (Tango, 1933) de E. Cadícamo y J. M. Aguilar, el guitarrista de Gardel. Aunque la más difundida entre las versiones es la del uruguayo Julio Sosa, fue registrada en el año 33 por Carlos Gardel en una interpretación excepcional. Su letra trasunta los problemas de toda una época, incluyendo el crack de la bolsa norteamericana, el famoso viernes negro de 1929:

Todo el mundo está en la estufa,
Triste, amargao y sin garufa,
neurasténico y cortao...
Se acabaron los robustos,
si hasta yo, que daba gusto,
¡cuatro kilos he bajao!

Hoy no hay guita ni de asalto
y el puchero está tan alto
que hay que usar el trampolín.
Si habrá crisis, bronca y hambre,
que el que compra diez de fiambre
hoy se morfa hasta el piolín.

Y la conclusión del autor lleva también una jocosa recomendación “técnica”:

Al mundo le falta un tornillo,
que venga un mecánico.
pa' ver si lo puede arreglar.

IV. Nuestro tantas veces citado Enrique Santos Discépolo fue un maestro en el uso de la reflexión agresiva y el humor cáustico, como lo expresa en “Qué vachaché”, “Qué sapa señor” y -por supuesto- en su pieza más difundida: “Cambalache”. No le era indiferente tampoco un humor más melancólico y hasta nostálgico como lo demuestra en “Malevaje”, “Victoria!” y “Chorra”. Para no citar en demasía, refiero al lector a los vínculos presentes en el texto, y así podrá recorrer in extenso las canciones aprovechando el vehículo tecnológico de estas palabras.

Laura Ana Merello, más conocida como “Tita” se convirtió con “Se dice de mi”, (Milonga, 1943, Música: Francisco Canaro, Letra: Ivo Pelay), en un ejemplo del mejor humor con tonalidad autocrítica. La “vedette rea”, como fue conocida por mucho tiempo, supo sacar provecho a esta canción escrita originalmente para un cantante masculino, y finalmente coronada por el éxito en el film argentino de 1955 “Mercado de Abasto”.

Si fea soy
-pongámosle-
que de eso
ya yo me enteré,
más la fealdad
que Dios me dio
mucha mujer
me la envidió
y no dirán que me creí
porque modesta siempre fui.
Yo soy así.

Más cercanas en el tiempo, rescato otras dos representaciones: “Magoya”, canción escrita por María Elena Walsh e interpretada por Susana Rinaldi, y una parodia de tango registrada en el segundo disco de ese conjunto humorístico argentino, tan genial como original, llamado Les Luthiers. La primera hace referencia a un personaje imaginario llamado “Magoya”, a quien se suele culpar cuando algo sale mal o se pretende eludir alguna responsabilidad. En la segunda, sus autores toman “en clave de solfa” el vocabulario tanguero y un tema tradicional como es el de “la mina que se va del bulín”, pero con un desenlace totalmente inesperado. Escuchen:

Hay un coso que nunca da la cara,
Dios berreta que está en ninguna parte,
comodín que inventás para quejarte
cada vez que te venden un buzón.

Andá, contásela a Magoya
la de convoys que nadie te creyó,
discurso de milicos
o cheque volador.
Estamos hasta aquí de cuentos chinos.

(Magoya, Tango, 1971, Música: Héctor Stampone, Letra: María Elena Walsh)

Por qué te fuiste mamá
poca ropa me lavabas,
por qué te fuiste mamita
raras veces te pegaba.
Por qué te fuiste viejita
por qué ya no estás mamá.
Como madre hay una sola
amurado me largas.
Si no me pasas más guita
me vua' vivir con papa.

(Pieza en forma de tango, Tango, 1972, Letra y Música: Mario Abraham Kortzclap, [Les Luthiers])

V. Por último quiero dejar constancia de mi agradecimiento al Ing. Raimundo Pedro Buiatti, que en un asado familiar –y entre sendas copas de vino tinto- me arrimó este magistral ejemplo de tango humorístico que se llama “Hipo”, y que les dejo como “frutilla del postre”. La versión de referencia es la de Juan D’Arienzo y su Orquesta Típica, en la voz de Alberto Echagüe.

Esperando haber generado en Uds. otro sabor distinto al del “arrabal amargo”, tan típico del tango, me despido muy atentamente.

Su Seguro Servidor,
D. Solidario Alvo

El hipo
Tango
(1951)
Música: Enrique Alessio
Letra: Reinaldo Yiso

A las nueve menos cuarto fue su última palabra;
se imaginan lo contento -esa noche ni dormí-;
era martes, martes trece, pero eso qué importaba
y a las nueve menos cuarto "como fierro" estaba allí.

Ella dijo: Clavelina... Yo le dije: Pomuceno...
Yo sentía las trompadas que me daba el corazón,
cuando dijo: ¡Caminamos!..., yo le dije, ¡Caminemos!
y justito al declararme este hipo me chapó...

Usted sabe que la quiero, (hip) que la quiero con el alma,
que es muy grande este cariño que me rompe el corazón, (hip)
que mis noches son muy largas, que no tengo ni el consuelo
de mirarme en sus ojazos y contarle mi pasión... (hip)

Yo quisiera ser vereda para sentir sus pasitos,
ser la brisa que acaricia su cuerpito virginal, (hip)
y ella me miró sonriente, con un tono de cachada, (hip)
me largó la carcajada y se fue sin saludar...

Todavía no me explico que pasó aquella noche,
tan seguro que yo iba de ganar su corazón,
por la culpa de este hipo que salió no sé de dónde,
cuando más necesitaba las palabras del amor... (hip)

Unos dicen que éste hipo es herencia de mi abuela,
o de Hipólito, mi tío; yo lo único que sé,
que por el hipo maldito me quedé sin Clavelina, (hip)
y que estoy todo quemado del verano que pasé...

viernes, 18 de julio de 2008

"Cuerda" para rato…

Me toma por sorpresa todo este alboroto generado alrededor de mis escritos, sobre todo porque siempre fui “Cayetano”, es decir callado, de perfil bajo, con respecto a las cosas que hice (o hago). Distinto es cuando se trata de decir lo que pienso, motivo del mayor agrado siempre que sea en un diálogo cara a cara, café mediante. Desde mi punto de vista la presencia física es importante porque la conversación no se “escucha” solo con los oídos, sino también con los ojos, y eso forma parte de la comprensión general de la charla.

Aparecer en un medio de comunicación me dio un poco de “cosquillas”, por la novedad. No me considero alguien fuera de lo común, por lo que debo entender que algo de interés general se asoma en mis palabras. Ver al tango como un fenómeno social y cultural, no como un artículo de colección, es el mensaje llano, sencillo, que trato de transmitir. Sin embargo no logro tomar dimensión de la presencia que tiene -a lo largo y ancho del mapamundi- esta prédica de “a pie” pero “subida al caballo” de Internet. Me confieso desconocedor del manejo de esta tecnología que hoy es soporte de mis palabras (mi única imprenta, como bien señaló el periodista en su nota), pero la juventud que me rodea, mis tres nietos, me brindan su ayuda para darle forma electrónica a mis pensamientos. Agradezco a ellos el impulso y el incentivo desde lo cotidiano. Vaya también mi aprecio a los lectores que dejan sus comentarios, por compartir estas inquietudes aun desde el desacuerdo. Hay quienes están de paso, gracias al artículo del diario La Gaceta y a vínculos desde blogs amigos. Pero hay otros que, aunque no nos hayamos visto nunca, ya reconozco como compañeros de ruta, de distintas procedencias y edades. Ellos forman parte de mi mundo hoy en día, ya que me hicieron “sintonizar el dial” con una visión del tango que no tenía clara hasta ahora, momento en que me puse en la tarea de volcarla por escrito. Es como si siempre hubiera sabido esas cosas, pero nunca las hubiera puesto en palabras por timidez intelectual.

Guardia Vieja se hace al andar, con alegría, en un aprendizaje constante que me toma por sorpresa a una edad en que generalmente ya no se espera nada nuevo. Por todo ello, supongo que hay “cuerda” para rato en el barrilete de este espacio, que ya es una creación colectiva. Como el tango.

Hasta la próxima.

sábado, 5 de julio de 2008

El viejo en el tango



La previa…

Hoy me siento un poco sombrío, así que pido disculpas por el tenor de estas reflexiones. Quizás es una ayuda para mí poder elaborar con ustedes ciertas ideas sobre este tema, bajo la excusa del tango.

¿Por qué es difícil definir la vejez? En principio creo que porque cuando uno es parte de ella no se reconoce en dicha condición. Y si uno es joven menos aún. Mientras uno es pollo la muerte es algo lejano, siempre de otro, nunca una posibilidad propia. Pasando la mitad de la vida nos damos cuenta que ese momento va a llegar, pero no mañana por la mañana. Claro, nadie piensa cada vez que se levanta, que ese día justo le agarra un patatús.

Un amigo del alma, Cacho L., platense él, me dice: “Nene, para mí un año, un mes, una semana, un día, una hora, un minuto, un segundo…” continúa Cacho “…es importante, porque estoy vivo”. Es que él vive preocupado por la muerte que siente acechándolo en cada esquina. No sé si es una verdad universal, pero creo le preocupa el aprecio por el valor de la vida. Mi nieto dice que leyó en un filósofo alemán que “…no hay experiencia posible de la muerte, la muerte se anuncia como el límite de toda experiencia.”. Sin entrar en trascendencias filosóficas que no manejo, estimo que lo importante ahora no será la muerte, sino cómo vivir una vejentud dichosa o insenescencia como supo llamarla el escritor argentino Juan Filloy (para los que no lo conocen: vivió 106 años).

Sobre la vejez

A lo largo de la humanidad, los ancianos tuvieron un importante papel en la transmisión de valores y tradiciones. Así también encarnaban la figura de la experiencia y la prudencia. La vejez como última etapa de la vida y a la vez de realización suprema, remite a miedos y fantasmas temibles: la pérdida de la autonomía, la fragilidad de la salud. Y el mayor de todos ellos: la soledad.

Pero no confundamos vejez con decrepitud o decadencia. Asumiendo esta diferencia, encontramos otras particularidades. En la vejez, la gente no está apurada, porque eso es propio de la vida laboral, el vértigo, la locura cotidiana. Tampoco enfrenta mayores problemas, siempre y cuando pueda contar con los aportes previsionales de toda una vida de trabajo (para no entrar a hablar de la funesta relación entre vejez y pobreza…). Tiene acumulado conocimiento, como expresa el dicho popular “El diablo sabe por diablo, pero más sabe por viejo”. Por ello es hábil para proponer soluciones a muchos problemas, así, dicho en general, aunque no suele ser escuchado –ni reconocido- en la misma medida.

En la Argentina de comienzos de siglo pasado el niño era niño y llevaba pantalones cortos; el joven era joven cuando ritualmente era investido con pantalones largos; y el adulto… era adulto a los 20 años. No olvidemos tampoco el aumento de las expectativas de vida del hombre actual, que modifica la constitución de la población.

Cuando yo tenía cinco años, mi familia se mudó a Verónica, Provincia de Buenos Aires. A unos cuantos kilómetros había una base aeronaval, con aviones descangayados que entraban y salían ruidosamente, y a los pibes nos gustaba verlos dejar marcas en el cielo. Años después estos serían reemplazados por modernos aviones a chorro. Y ahora, para qué referir al lector las nuevas tecnologías de navegación aero-espacial. Valgan estos recuerdos cachuzos para sugerir la rapidez de ciertos cambios acaecidos en las últimas ocho décadas.

Ahora todo transcurre tan ligero, y el mundo nos carga con tanta información, datos, números, que perdemos de vista lo fundamental, el sentido de las cosas, el disfrute de lo sencillo. Lo pequeño es bello, dijo alguien, refiriéndose a las cosas simples. Pero el viejo suele ser lento, y queda al margen de las cosas. No lo apabulla tanto lo nuevo, sino la velocidad.

El viejo en el tango

Para observar la fotografía que el tango hace de la vejez, examinemos un par de letras. Tomemos por caso a Giuseppe el zapatero, inmigrante con oficio que decide empeñar sus esfuerzos para hacer que el hijo estudie. Y cuando el pibe se recibe, de manera ingrata corta el lazo familiar por vergüenza del padre. Para quienes quieran apreciarlo musicalmente, los remito a la versión de Carlos Gardel (1930) o a la de posterior de Enrique Campos y Ricardo Tanturi (1945).

Hay ciertos tangos que tematizan la vejez prematura del hombre (o la mujer) entre los 30 y 40 años, como lo revelan “Sonaste viejo” o “El ciruja”. La amarga poesía de “Esta noche me emborracho”, refiere la decadencia física de una mujer con una vida de estragos. Varios de los tangos referidos supo cantarlos Gardel.

En “Caminito”, “Vieja Recova” o en el rotundo título “Quién tuviera 18 años” escuchamos hablar de los tiempos pasados que al parecer, como diría Manrique, fueron mejores. En otras letras no se habla de un viejo, pero es uno quien la enuncia, con nostalgia hacia lo perdido, como en Cuesta abajo”. Mencionemos también al pasar “Cuando un viejo se enamora”, “Gallo viejo” y “Acquaforte”, remitiendo al lector a las letras, para elaborar sus propias conjeturas.

Dichosa senectud

Nadie se pregunta cómo disfrutar de la vejez, ese momento de la vida donde las pasiones se aquietan y la madurez de la reflexión llega a su plenitud. Hay más tiempo, siempre y cuando, como dijimos, tengamos la subsistencia, el “cacho de pan” asegurado. Nuestros gobiernos latinoamericanos no suelen acompañar los deseos que expresan estas líneas. Sin ir más lejos, un par de años atrás decidí escribir una carta al Presidente de la Nación, destacando su papel potencial en la solución de la situación de los jubilados hoy en día, en una economía con perfil inflacionario, y la miseria a la que los arrastra los magros ingresos que cobran. Recibí por toda respuesta una “atenta nota” de un funcionario de segunda línea, informando que “cualquier trámite y/o reclamo por pensiones o jubilaciones debe ser ingresado en forma personal, por mesa de entradas en la sucursal de la Administración Nacional de Seguridad Social más cercana a su domicilio”. Por lo visto, no entendieron nada de nada. Ustedes dirán...

Buenas noches a todos y todas.

viernes, 20 de junio de 2008

El tango… es el tango

De entre los mensajes que amenamente los lectores de este blog me hacen llegar, el último concitó mi atención de manera particular. El mismo dice:

Maestro, encontré este espacio casi de casualidad, y terminé recorriéndolo de principio a fin. Tengo 18 años y me gusta el tango. Fue justamente mi abuelo quien me introdujo a este universo musical tan porteño que es el tango. Espero que siga escribiendo mucho más. Un saludo

Luego de su lectura me quedó dando vueltas una pregunta: los muchachos de ahora ¿saben qué es el tango? Sospechando una respuesta poco optimista, continué: ¿cómo invitar, impulsar a los jóvenes a atender y disfrutar este fenómeno cultural, artístico y social? Claro, hoy muchos piensan que “el tango es cosa de viejos”. Hasta los mismos mayores. Pero… ¿acaso nosotros no fuimos jóvenes también? ¿Cómo nos iniciamos en el descubrimiento y recorrido de este universo musical? Aquí van, entonces, estas líneas a los muchachos de ayer y de hoy, para que vean que el tango…es el tango.

I. Si el pibe se salva…

Los pibes no suelen tener interés en seguir el camino de sus mayores. Pero attenti purrete, que mirando hacia atrás también se puede conocer y aprender. Después de todo, quizás no seamos tan distintos vos y yo.

A nosotros también nos deslumbraban las novedades musicales, y rastreábamos y adquiríamos discos de moda. Pero es cierto que en los jóvenes de hoy hay otras expectativas con respecto a la diversión, que en mis tiempos era ir a bailar a los clubes de barrio. Solíamos danzar al compás de cantores o conjuntos musicales de medio pelo, y en otras ocasiones contábamos con verdaderas orquestas de lujo. En esos bailes no había patovicas moliéndote a palos en la puerta, o diciéndote “vos no pasás”. Violencia había, ¡y que la había!, pero lejos de esas fiestas donde íbamos a divertirnos, conocer mujeres y hacer amigos entrañables.

Me tocó ser joven en una época en que el tango ya estaba aceptado socialmente. Teníamos vecinos cantores, o bandoneonistas, no necesariamente ligados a su origen prostibulario. Aunque oportunamente transitaremos por los caminos que empalman el tango y la radio en la sociedad argentina, hay que puntualizar que las audiciones radiofónicas eran centro de atención familiar, pero los receptores eran aparatos caros que no todas las familias podían costear. Recuerdo que mi viejo compró nuestra primera radio en 1929, y a su alrededor se juntaba toda la familia a escuchar las orquestas en vivo. Libertad Lamarque y las hermanas Bozán eran figuras de renombre en el dial.

En síntesis: a los jóvenes quiero decirles, con respecto al tango, que empiecen por donde más les guste: si bailan, bailen; si solo escuchan música, pues háganlo. Lo importante es ese primer contacto con él. Luego una cosa lleva a la otra.

II. Tiempos viejos

En mi época engranábamos con el tango por querer imitar a los pibes mayores. Y así aprendíamos y nos entusiasmábamos, y no quedaba nada sin preguntar: “¿por qué fulano canta mejor que mengano? … ¿en qué año comenzó a tocar zutano? …¿qué tal la última letra de perengano?.” Con mis amigos nos comprábamos discos doble cara, con una pista de cada lado. Mi memoria me lleva a dedicarles unas líneas a mis primeras dos grabaciones gardelianas:

· Lado A: Perdonada, Lado B: Tiempos viejos, y el otro:

· Lado A: Viejo amor y Lado B: Yo te bendigo.

Me los regaló Kicho, un vecino del inquilinato. No era mal tipo, un poco esquenún, quizás. Recuerdo que 1938 decidió renovar su colección de discos con orquestas modernas y me los regaló.

Francisco, mi padre, solía decir que el tango era rastrero, de bajo fondo, que no decía nada nuevo. El era un español que había venido a la Argentina buscando el porvenir que su país no le podía ofrecer. Desde aquí escribo unas líneas dedicadas a la memoria de él y su amigo Naddeo, que supo integrarlo a un oficio y lo acompañó en sus primeros pasos en lo que sería su nuevo “hogar”: la Argentina. También le aportó una cosmovisión social que le permitió interpretar críticamente a su tiempo: el pensamiento anarquista. Desde esta perspectiva es que pudo mirar al tango con otros ojos.

III. El tango… es el tango

Resumiendo, pibe, yo te diría que prestes atención al hecho de que el tango fotografía una clase, una época, no tanto un lugar. ¿Qué importa de qué lado del Río de la Plata se ubique? Prestá atención a lo que tus padres te cuenten del tango, o tal vez tu abuelo. No “compres” ese tango de salón para consumo for export. Si aguzás tu oído, podrás leer entre líneas cosas de importancia que tus amigos ni sueñan conocer repitiendo letras en inglés que no entienden.

Pero eso sí: a vos te toca poner el gusto particular. Así irás creando un ambiente de apreciación estética más allá de lo puramente musical, en el camino de entender ciertas problemáticas humanas que hoy en día siguen vigentes. Es que tanto ayer como hoy la música debería contar las cosas que le pasan al hombre, es decir, aquellas cosas que nos pasan. La curiosidad es propia del ser humano, y como joven tenés la oportunidad de aprovecharla, y formarte así una cabal idea de ese universo que es el Tango.

Alguien pregunta cada tanto: ¿es que acaso el tango murió?” Y yo respondo:Las cosas que tienen valor nunca mueren. Se esconden, quedan agazapadas, y cuando uno menos lo espera, saltan de nuevo al ruedo.Por eso, y para acercarte algo a esa musiquita, te dejo con Alberto Castillo interpretando “El tango… es el tango”.

El tango… es el tango
Tango
(1952)
Música: José Raúl Iglesias
Letra: Juan Bautista A. Gatti

Peinando plata en el jopo
Hablás del tango malevo,
Como diciendo qu´el "nuevo"
Pa´ vos, no vale un piropo...
Y yo, porteño de ahora
De acuerdo a mis sentimientos,
Voy a cantar como siento
El tango en mi corazón...

El tango es el tango... No hay vuelta que darle
Con cuello o pañuelo, lo mismo es gotán,
Que el traje no dice la estirpe del rango
Ni el gesto guarango, pinta el arrabal.
El tango es el tango... por más que le pongan
Ribetes compadres o cintas de amor,
El tango es el tango, si tiene milonga
No importa que sea, de ayer o de hoy...

Pa´ qué decís que otra cosa
Fue aquel de mil novecientos,
Si el tango en todos los tiempos
Es tango porque solloza...
Con el florido lenguaje
O el lunfardo "catecismo",
Siempre en el alma es el mismo
Del criollo bandoneón...

lunes, 2 de junio de 2008

“Mensaje”: entre tango y filosofía


“La ética no es una abstracción que sobrevuela y se evapora como una nube. La ética es algo concreto, un recurso en la vida, algo que se palpa, que se construye, que se experimenta en nuestros vínculos de cada día”
(Sergio Sinay: “Elogio de la responsabilidad”, Ed. Del Nuevo Extremo, Bs. As., 2005).

Hablar con propiedad de Enrique Santos Discépolo precisaría de más espacio –y tiempo- del que hoy puedo disponer. Sin embargo el tema de los valores humanos es una constante en su poética, y esta tarde me interesa conversar con Uds. sobre lo que expresa el estribillo de su tango Mensaje:

Bueno y nada más,
que siendo bueno,
no hay odio, ni injusticia, ni veneno
que haga mal...

Hay entre poesía y filosofía una relación de muchos siglos, como modo de acceso a la Verdad. Así estas estrofas de “Mensaje” se descubren como verdadera filosofía, destilada en un tango y al ritmo del 2x4. Esos cuatro versos son para mí filosofía pura, no académica, no artificiosa. Quisiera entender a la filosofía como la revelación de ciertas cosas que le suceden al hombre, y que solo algunos pueden verlas, distinguirlas, y echar luz sobre ellas. Descubrirlas, reconocerlas, ponerlas a la vista es asunto humano relevante, y más si el tango es el vehículo de tal reflexión. Imagínense leyendo un artículo del periódico que dice “tres chicos se mueren de hambre cada minuto”. No puede compararse con el impacto de oír: “Sus pibes no lloran por llorar, / ni piden masitas, / ni chiches, ni dulces... ¡Señor!... / Sus pibes se mueren de frío / y lloran, hambrientos de pan...” (Pan, Tango, 1932, Música: Eduardo Pereyra, Letra: Celedonio Flores).


En Cambalache, su canción más difundida internacionalmente, Discepolín nos habla en tono escéptico sobre la naturaleza humana. Pero Cátulo Castillo, autor de la letra del póstumo tango “Mensaje”, escribe unos versos inspirados en el reciente fallecimiento del amigo, y prefiere ir -derecho viejo- a hablar sobre la bondad, así, dicho en minúsculas y sin falsas esperanzas. Esta bondad implicaría actuar en cierto sentido deseable, o para decirlo de otra manera, sería no hacer mal, sin intervención ni control. “Bueno y nada más que siendo bueno...” A mis 83 años sigo creyendo que la bondad ES en el hombre, que no existe fuera de él. Si éste recurre a mentir, a arrebatar, a robar es por necesidad o ignorancia. Y me animo a pensar que Discépolo compartiría este principio, ya que todas sus reflexiones apuntan a la dimensión de la ética.

Hubo una corriente literaria –y filosófica- que supuso al hombre bueno, y a la civilización creadora, formadora de su maldad. No me parece un pensamiento desacertado, solo que ahora quizás debiéramos hablar del Sistema, antes que de “civilización”, palabra que nos queda demasiado grande a la luz de los retrocesos que implican las guerras y el hambre de ayer y hoy. Si la ética parte de considerar al prójimo como distinto a mí, y por eso mismo semejante en la diversidad, veo que lo que escribió Castillo va más allá que lo que él mismo pudo imaginar a la hora de garabatear esos versos de “Bueno…”. Con ese mensaje y el valor de la verdad, corporizado en no mentir, es la base de toda ética que se precie de tal.

Mensaje
Tango
(1952)
Música: Cátulo Castillo
Letra: Enrique Santos Discépolo

Hoy, que no estoy,
como ves, otra vez
con un tango que no puedo gritar...
Yo, que no tengo tu voz...
Yo, que no puedo ya hablar...

Mensaje
con que mi vieja ternura
de criatura
te está prestando coraje...

Yo, que a lo largo del viaje
sufrí tus ultrajes
en mi soledad...

Nunca quieras mal,
total
la vida ¡qué importa!
Si es tan finita y tan corta
que al fin,
el piolín se corta...

No te aflija el esquinazo
del dolor,
y si el amor te hace caso,
no le niegues tu pedazo
de candor,
que es lindo creerle al amor...

Bueno y nada más,
que siendo bueno,
no hay odio, ni injusticia, ni veneno
que haga mal...

Y hoy, que no estoy
me da pena no estar
a tu lado, cinchando con vos...

Vos, que me hiciste llorar...
vos, que eras todo rencor...

Mensaje...
Mensaje con que te digo
que soy tu amigo
y tiro del carro contigo...

Yo, tan chiquito y desnudo
lo mismo te ayudo
cerquita de Dios.

martes, 13 de mayo de 2008

Por qué me gusta el tango


Una vez me preguntaron ¿por qué a alguien le gusta el tango? Supongo estas posibilidades básicas, sin descartar otras: por la música, por la letra, por el baile, por querer tener una persona cerca de uno (sobre todo cuando es del otro sexo, aunque hoy por hoy, nunca se sabe). De la letra es más fácil hablar, porque se parte de algo escrito, así que suele ser más sencillo acceder al tango por esa vía. ¡Qué sería del hombre si no supiera hablar... ni escribir! Sin embargo, de estas razones, hoy les propongo charlar un poco sobre la música.

Dijimos en otra oportunidad que el tango representa un sector de la población que -identificación mediante- a uno le resulta interesante, aunque bajo el punto de vista de cierta "cultura" puede ser más o menos apreciado. Lo cierto es que hay escalas de virtuosismo en sus autores e intérpretes que van desde la baja estofa, a lo sublime. Hay músicos y directores de orquesta que ciertamente dieron en el clavo en su lectura del gusto de la gente, pero a la vez eran ellos quienes creaban ese mismo gusto.

Cuando yo empecé a escuchar música, allá por los años 30, en el ambiente de mi casa se escuchaba tango, pero también en las calles, y en los cafés de moda. De todos modos cuando uno comienza a apreciar la música, es muy posible que la vaya anudando a vivencias personales. Por mencionar un ejemplo, Derecho Viejo me trae muchas remembranzas. Bueno, expliquemos antes que "Derecho viejo" significa hacer una cosa sin dar vueltas.

No estoy seguro que se pueda hablar de una evolución del gusto musical, al menos en mi caso. Comencé escuchando Gardel, y eso hizo probablemente que luego fuera tradicionalista en mis apreciaciones, y no aceptara aquella clase de orquestas que decían traer "otros aires". No sé, si hubiera nacido 10 años más tarde, quizás hasta me hubiera gustado Astor Piazzolla (ironía con el perdón de mi nieto). Luego cuando me arrimé más al "calor" del tango, comencé a expandir mis intereses: Pancho Canaro, Carlos Di Sarli, Osvaldo Fresedo, Julio De Caro, Osvaldo Pugliese, hasta llegar al más completo músico de la etapa intermedia del tango: Anibal Troilo "Pichuco".

Termino con este pensamiento: el tango no solo es letra, también hay que juzgarlo cómo música. El problema es que yo no sé música, ni conozco los elementos técnicos que intervienen en ella. Sólo sé que me gusta. Y es que suele ser así: el arte gusta o no gusta.

___________________________________________________________________

Nocturno a mi barrio
Tango
(1968)
Música: Aníbal Carmelo Troilo
Letra: Aníbal Carmelo Troilo

De una versión grabada por Pichuco (quizás la única en que se escucha así su voz) el 30.5.68

Mi barrio era así, así, así...
Es decir ¿¡qué sé yo si era así!?
¡Pero yo me lo acuerdo así!,
con Giacumin, el carbuña de la esquina,
que tenía las hornallas llenas de hollín,
y que jugó siempre de "jas" izquierdo al lado mío,
siempre, …siempre,
tal vez pa'estar más cerca de mi corazón!

Alguien dijo una vez
que yo me fuí de mi barrio,
¿Cuando? …¿¡Pero cuando!?
¡Si siempre estoy llegando!
y si una vez me olvidé,
las estrellas de la esquina de la casa de mi vieja
titilando como si fueran manos amigas,
me dijeron: gordo, gordo, quedáte aquí...
quedáte aquí...

Get your own Moonk!